En
nuestros tiempos de estudiantes, allá lejos, el
conocimiento llegaba a través del respecto, del
rigor y de la aceptación de las normas. Todo lo que
llegaba desde arriba, no se cuestionaba.
Las
categorías de alumnos estaban bien definidas; los
que sabían, estudiaban, eran pulcros, ayudaban a sus
compañeros (o no en algunos casos), eran aquellos
que, con orgullo de ser excelentes estudiantes se
hacían merecedores del honor de llevar la bandera de
ceremonias; no se permitían no responder con
sabiduría a los requerimientos del profesor de
turno.
Los que
no sabían, tenían algún problema; eran lentos, a
pesar de invertir el mismo tiempo que los mejores,
no llegaban a satisfacer los requerimientos mínimos
del profesor. La preceptora de turno llamaba a sus
padres, les comentaba el tema y en la mayoría de los
casos, la mesa de exámen del mes de diciembre
contaba con ellos en el listado. De ahí, a veces, la
lista de marzo los incluía y la planilla de “previo
regular” los contaba entre sus destacados.
Desde la
década del ’80, me dedico a la docencia en escuelas
técnicas. Del CONET, pasamos a depender de la
provincia de Buenos Aires, del cursado tradicional
cambiamos a Polimodal.
De un
tiempo de abundancia, descubrimos que la miseria
tocaba a la puerta de las escuelas. Del saco y
corbata, con zapatos al tono para los alumnos
varones, pasamos al sport con zapatillas. De los
libros impresos, a las fotocopias ilegales pero
accesibles. De las puntas ROTRING, a las
microfibras. De las hojas para dibujo técnico a los
rollos de formularios continuos descartables en los
que los alumnos dibujaban en la cara sin imprimir.
Del
docente bien remunerado, al docente con escasos
recursos personales.
Del
profesional respectado porque ejercía la docencia
por sus conocimientos, al profesional cuestionado
por sus alumnos porque, por falta de actividad
profesional , ejercía la docencia mal remunerada .
Y en
este verdadero CAMBALACHE educativo, los docentes,
los auxiliares, el personal administrativo de las
escuelas, los padres y los alumnos, nos mezclábamos
en un verdadero caldo de cultivo de malestar
generalizado.
En este
estado de cosas, mi instinto docente, me propuso
lograr empatía con cada uno de mis alumnos. A pesar
de todo, quería lograr que todos cumplieran con los
objetivos, los buenos, los malos, los limpios, los
sucios, los que disfrutaban del alimento diario y
aquellos que obligados por la situación adelgazaban
sus capacidades por escasez de alimento, los
respetuosos y los que no lo eran tanto.
El
desafío fue llegar a todos con el conocimiento. No
quería alumnos en los listados del mes de diciembre.
Para
lograrlo, descubrí que existían LA RENGA, LOS
REDONDITOS DE RICOTA, MADONA, LA CUMBIA VILLERA, EL
POGO, y que cada uno de estos referentes
correspondía a un tipo de alumno.

El
rugby, el tenis, el basketbol, el fútbol y las
remeras impresas, fueron los canales válidos para
explicar cómo es el cálculo de una viga de hormigón
armado.
Con la
llegada del Polimodal, llegaron las chicas a las
aulas y los diálogos fueron otros.
Y los
inconvenientes fueron otros.
Chicas
jugadoras de fútbol, boxeadoras, y embarazadas,
apareciendo en los cursos colmados de adolescentes
en camino a la adultez.
Lograr
empatía con este nuevo grupo de alumnos fue todo un
desafío. La situación era distinta. Al docente a
través de los medios de comunicación, comenzaba a
cuestionarsele el conocimiento en el mismo momento
en el que el alumno era desaprobado; a los
establecimientos educativos se le cuestionaban las
normas. Los padres hacían causa común con sus hijos.
Los
alumnos que estudiaban seguían demostrando su
compromiso con el conocimiento. Los que no
estudiaban no respetaban al docente, le rayaban el
auto, le pinchaban las gomas, “se iban a diciembre”.
Para ellos, el docente era culpable.
El
tiempo pasó. Pasó la crisis del 2001, y hubo
nuevos cambios.
Desde
hace aproximadamente unos dos años, comencé a
detectar una nueva categoría de alumnos.
Para
ellos, la escuela es aquello que ocurre entre los
momentos placenteros. No es importante. Los
ejemplos de gente que trascendió a pesar de no
estudiar son muchos. Ellos lo saben.
Son
alumnos que no responden al tipo de irrespetuosos.
Tienen buen trato hacia el docente y sus
compañeros. Son pulcros, simpáticos. No fuman, no
beben alcohol, no se drogan, no salivan al docente,
no le rayan el auto. Los categorizaría como “de
buenas actitudes”.
Aunque a
la hora de cumplir con los solicitado por el
docente, sonrisa mediante, agregan un “me olvidé”,
“lo dejé en casa”, “trabajé todo el día pero lo
perdí”, “se lo traigo en un rato”, “me deja hablar
por teléfono a casa para que me lo traigan”.
Este
incumplimiento, hace que el docente, suponga que
este alumno no estudia, que a este tipo de alumno
no le interesa su materia, no le interesa la
escuela, etc.
Con
seguridad, desaprobará todos los trimestres y
aparecerá en los listados de diciembre o marzo.
En mi
afán de dar oportunidades a los alumnos hasta cinco
minutos antes del fin del curso, analicé qué sucede
con esta categoría de alumnos.
Están,
pero no están. Llegan con lo requerido pero 15
minutos tarde.
Mi
conclusión fue interesante. Si pueden cumplir con
una tarea, llamado teléfónico mediante y una corrida
familiar, es un síntoma de cumplimiento a lo
requerido.
Hacen la
tarea, pero si el docente no insiste en que la
muestren, no la muestran.
Si los
evaluamos como hacemos con el resto del alumnado,
generalizando, estos alumnos estarían desaprobados.
Hay que
ir hacia ellos, no esperar que ellos lleguen a
nosotros.
Están,
aunque parezca que no están. Estudian, aunque
parezca que no lo hacen. Siguen la materia, aunque
parezca que no la siguen.
Tuve un
alumno brillante, el mejor dibujante técnico de
todo el grupo. Y pude descubrir que era así cuando
intenté desaprobarlo y TARDE, trajo el trabajo que
le tomó elaborar varios meses y debía presentar
unas horas antes.
Algo
está cambiando en la nueva generación de alumnos.
Descubrir esos cambios, es tarea de todos.