Coquetería y seducción

 

 

Adornar y embellecer el cuerpo es un modo de cuidarlo. Son prácticas en las que, a través de la creatividad, podemos expresar cosas diversas: estados de ánimo, deseos, gustos, etc.

Las personas con discapacidad muchas veces dependen de otras -como en muchas otras cosas-, para poder tener accesorios, maquillajes, perfumes, ropa etc. Inclusive muchas veces deben contar con el permiso de sus padres para poder pintarse, por ejemplo.

Podemos notar que, cuando hay fiestas o reuniones en los centros educativos especiales, las chicas quieren ir vestidas y maquilladas de un modo diferente y hasta llamativo, a veces no importando la combinación de colores o prendas, por lo cual hasta pueden recibir retos de sus familias.

La coquetería es un modo de expresarse que  históricamente estuvo más ligado a las mujeres, de ahí que sean más niñas que niños quienes la incorporan a sus vidas.

Actualmente vemos como más varones comienzan a cuidar su cuerpo, utilizar gel para el cabello, colocarse aritos, realizar actividad física para marcar sus músculos y buscar diferentes modos de embellecerse. Estamos asistiendo a un cambio en las costumbres masculinas.

Estas prácticas, cuando son usadas con libertad, permiten un mayor conocimiento del propio cuerpo. Ahora bien, cuando son usadas para alcanzar un modelo estereotipado de belleza, se vuelven en contra de quienes las practican.

Demasiadas niñas y cada vez más niños sienten que sólo podrán estar a gusto en sus cuerpos si gustan estéticamente, y que sólo podrán gustar si reproducen un modelo rígido y estereotipado de belleza. O sea, aprenden a tratar a su propio cuerpo desde una mirada ajena, que atiende no tanto a sus posibilidades, sino a lo que le falta o le sobra para reproducir este ideal. Por ello se hace indispensable ser comprensivos con ellos y dar muestras de aceptación a su modo natural de expresar su belleza tratando de no estimular la copia de estereotipos. En el caso de personas con discapacidad, debemos estar aún más atentos, ya que la distancia con el estereotipo puede ser vivida no sólo como enorme, sino como insalvable.

Esto no implica que debamos animar a una niña a que deje de usar determinado color o de ser muy coqueta, ni tampoco todo lo contrario. Se trata, más bien, de escuchar y atender a lo que siente ella, que es única y singular, cada vez que se arregla, sea como sea la ropa que elija ponerse: ¿Es feliz y creativa adornándose o se siente presionada para dar una determinada imagen? (Mencionar el caso de la mujer con DI que no quería que le pusieran una malla, pero la hermana insistía) ¿Su forma de vestirse le hace perder movilidad corporal y frescura a la hora de relacionarse o, por el contrario, le hace sentirse más viva y abierta?

Es importante, por tanto, ayudar a cada niña y a cada niño a buscar su propia manera de expresarse estéticamente; una manera que no les haga renegar de su propio cuerpo, sino que les ayude a expresar sus gustos, sentimientos o deseos también a través de la ropa, adornos, peinados, etc. Para ello es necesario estar a su lado en su proceso de integrar la coquetería y la belleza en sus vidas, sin imponer ningún tipo de modelo, sino dándoles la posibilidad de elegir sin caricaturizar ni moldear su creatividad. Teniendo en cuenta, además, que este es un proceso cambiante.

Imaginemos a una niña que no le gusta adornarse y que suele ir siempre con pantalones, zapatillas y camisetas anchas. Es probable que alguien la tilde de ‘marimacho’, como si su manera de vestir no fuera adecuada. Imaginemos que esa misma niña un día quiera ponerse una pollera. Es probable que alguien se ría de ella por el cambio que ha dado. Si esta niña se deja arrastrar por la corriente y no tiene quien escuche y entienda lo que vive y siente, tendrá un lío enorme a la hora de elegir; sentirá que, se ponga lo que se ponga, nunca elegirá bien.

Las criaturas -y también las personas adultas- descubren sensaciones y gustos diferentes en cada edad, en cada momento vital, en cada contexto, en cada relación, en cada actividad. Lo importante es que no dejen nunca de preguntarse: ¿Cómo me gusta vestirme hoy? ¿Qué ropa, qué adorno o qué color hacen sentirme bien y me permiten expresar lo que quiero expresar en este momento concreto? Esto, que siempre es importante, puede serlo aún más en chicos y chicas que, por tener limitados otros canales de expresión, encuentren en la ropa y los adornos alternativas válidas. 

Desde ahí, tener diversidad de recursos estéticos es tener más estímulos para dar forma a su necesidad de expresión. En el caso de los niños, esto implica, por ejemplo, animarles a experimentar qué sienten al usar colores más vivos y atrevidos, y no sólo el azul, beige, marrón o negro. O también, dejarles que disfruten maquillándose o poniéndose los zapatos de lunares de la hermana, sin regañarles por ello, ya que es su manera de acercarse a un mundo que se les tiene vedado.

Junto a la coquetería existe algo que va más allá.

La seducción es la capacidad de expresarse de tal modo que despierte en otra persona atracción, ganas de acercarse y conocer a quien se expresa así. Es un modo de hacer patente que nunca terminamos de conocer a alguien en su totalidad y convertir este hecho en un juego. Con la seducción, podemos descubrir cosas nuevas sobre lo que somos y poner en el centro de las relaciones elementos más lúdicos.

Existe un hilo frágil que puede llevar a que una persona elija por ponerse una ‘máscara’ que le resulte más atractiva, en lugar de mostrar algo suyo a través del juego de la seducción. No es lo mismo, por ejemplo, que una niña quiera usar determinado pantalón porque le marca sus caderas de un modo que la hace más bonita, que querer usarlo para ocultar esas caderas que la niña considera deformes o poco atractivas.

Dejar de ser quienes son para gustar es una tarea frustrante. No son ellos o ellas quienes gustan, sino una imagen idealizada y ficticia. Y esta imagen suele quebrarse y estorbar en una relación más profunda. Por eso es importante también atender y escuchar qué viven cuando se muestran seductores o seductoras. Qué sienten, por ejemplo, cuando se miran atentamente en el espejo haciendo diferentes gestos, posturas o pasos de baile. No tratemos de leer esas conductas con ojos de adultos, sino recordándonos en situaciones similares; por supuesto, si se trata de personas con discapacidad, reconozcamos con humildad lo difícil que nos resulta entender sus deseos, sus sentimientos, sus códigos, sus cánones; esto nos permitirá –y nos exigirá- redoblar esfuerzos en la tarea de comprender y acompañar.

Todo esto tiene que ver con la belleza. Cuando una persona resulta atractiva, de algún modo se la ve linda, aunque no responda al modelo estándar de belleza. Del mismo modo, hay personas que sí responden a ese modelo y, sin embargo, resultan insulsas y artificiales. Esto es así porque la belleza está allí donde una persona se siente libre, entera, cuidada, a gusto con lo que es. Darles la oportunidad de reconocer los momentos en los que se han sentido atractivos, les ayudará a descubrir que cuando alguien está en su propio centro, cuando se comunica y se relaciona transmite belleza.

María Marta Castro Martín

Sexóloga Educativa

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