NIVELES EVOLUTIVOS DE LA MENTE

 

 

Para que un bebé recién nacido, que recibe una cantidad enorme de estímulos sensoriales, pueda convertirse en un niño que sea capaz de transformar sus sentimientos y experiencias en deseos y pensamientos, sea consciente o inconscientemente, evidentemente requiere un aprendizaje intenso en las primeras etapas de su vida.

 

Este proceso consiste en etapas específicas que, en su conjunta preparan al bebé para traducir la información no elaborada de sus sentidos y de sus sentimientos internos en imágenes que representan a ambos ante él y ante los demás.

 

Las conceptualizaciones clásicas de la mente, en términos de diferentes tipos de intereses psicosexuales y psicosociales (como los describe Freud y Erikson), las diferentes etapas de la cognición (descriptas por Piaget y sus discípulos) y las hipotéticas estructuras innatas subyacentes al lenguaje (descrias por Chomsky otros lingüistas), pueden concebirse como sobreañadidas a estos procesos más elementales.

 

Los siguientes niveles mentales podrían considerarse como los componentes estructurales más profundos de la mente sobre los que recae todo el desarrollo posterior.

 

Los mismos requieren tanto de la naturaleza como de la educación para poderse desarrollar correctamente. Aquellas capacidades consideradas propias de la naturaleza humana-incluso las hipotéticamente innatas o biológicas, como el lenguaje-deben estar ancladas en estos niveles más profundos para adquirir una función e intencionalidad. Sin esta estructura, la mente no puede funcionar de forma coherente sino exclusivamente, de modo fragmentario y confuso.

 

Muchos bebes con graves trastornos fisiológicos, como pueden ser los síntomas autísticos, también peden alcanzar la salud emocional, pero únicamente con la ayuda de intensas e innovadoras estrategias terapéuticas.

 

Etapa o nivel 1

Organizar sensaciones

 

Este nivel implica aprender a organizar las sensaciones que acompañan a la vida, junto con las respuestas que emite nuestro organismo. Los sonidos se vuelven ritmos, las imágenes, representaciones que permiten reconocer la realidad. La capacidad de controlar los movimientos de cabeza, los brazos y piernas hace posible abrazar, seguir un objeto o ponerse de pie en el regazo de mamá. La seguridad básica se asienta sobre la capacidad de descifrar sensaciones y de planificar acciones.Esta seguridad establece la base del siguiente nivel.

 

Etapa o nivel 2

Establecer relaciones

 

El sentido precoz de la seguridad y la capacidad de relacionar las cosas permite a la mente iniciar un viaje de interrumpido desarrollo que dura toda una vida.

 

El niño que es capaz de estar tranquilo y atento ha dado ya un primer y gigantesco paso en su camino hacia el pleno desarrollo de su potencial humano.

 

Los problemas emocionales graves, incluso la psicosis, pueden ser la consecuencia de un fracaso en la superación de esta tarea evolutiva tan esencial.

 

El aprendizaje de las tareas primarias que llevan al pensamiento y a la experimentación de sensaciones debe respetar cierto orden, precediendo las tareas más elementales (pero no por ello más sencillas) a aquellas más complejas. El trabajo del nivel superior, como ocurre con todo aprendizaje, depende de as habilidades asimiladas con anterioridad.

 

Son justamente las primeras adquisiciones las que ha menudo no han sido asimiladas del todo. Algunos niños, fracasan, sencillamente, debido a ciertos defectos congénitos o a una estimulación inadecuada, o por una combinación de ambos factores.

 

Los padres, pueden ofrecer a un niño hipersensible la cantidad precisa de estimulación placentera, una combinación relajante de tacto y sonrisas, que atraiga su atención sin abrumarle en exceso.

 

El niño, dispone de una buena oportunidad para aprender a fijar la atención. Durante la primera etapa del aprendizaje, habitualmente en los tres o cuatro primeros meses de vida, el niño que se desarrolla de forma correcta adquiere una herramienta poderosísima para enfrentarse al mundo: la capacidad para regular su estado mental.

 

Hoy sabemos, que el funcionamiento de los sentidos varía de un individuo a otro y así ocurre, también con la experiencia sensorial. Independientemente de que el niño haya nacido con un sistema nervioso normal o dañado, cuando los niños desarrollan la capacidad reguladora y comienzan a organizar sus sensaciones, pueden utilizar estas habilidades para adquirir aquellas experiencias sobre las que construirán su identidad personal

 

En cuanto el bebé puede mantener un nivel de sosiego que le permite prestar atención a su entorno, está ya preparado para la siguiente etapa, ha logrado el recurso de entablar relación con otra persona, surge la capacidad de registrar emocionalmente, su toma de conciencia respecto a la presencia de una persona extraña.

 

Es en este etapa, cuando padres e hijos se enamoran unos de los otros, los adultos comunican sus sentimientos de forma activa e intencional, si bien el bebé no es capaz, todavía de actúa en función de determinados objetivos.

 

Etapa o nivel 3.

El sentido de sí mismo

 

El niño responde en un principio a su entorno de forma global. No dispone de un sí mismo activo que se comunique con otros o de acciones que reflejen su voluntad, responde al entorno como un todo.

 

Sus afectos son primarios. Parece, de hecho no relacionarse demasiado con el mundo, sino formar parte de él estableciendo un sentido de unidad con su ambiente, entusiasmo o angustia que le envuelve en todo aquello que experimenta.

 

El sí mismo, es en esta etapa evolutivo, una conciencia indiferenciad que consiste, básicamente, en esa maravillosa sensación de sentirse vivo, en la sensibilidad afectiva y en la reactividad.

 

Si observamos a niños mayores y a adultos, resulta difícil no darse cuenta de las múltiples formas diferentes en que experimentas las personas la actividad sensorial. Algunos adultos quedan absortos en su interés por los colores, las formas o los sonidos, mientras que otros parecen insensibles a las posibles emociones que les podrían aportar sus sentidos. Algunos prestan fácilmente atención a lo que sienten, mientras que otros se sienten abrumados o se muestran tan infrarreactivos que apenas se percatan del entorno que les envuelve.  

 

Etapa o nivel 4

El sí mismo relacional.

 

Cuando el bebé comienza a manifestar sus preferencias por las personas que regularmente cuidan de él, sonriendo a la cara de mamá o papá, el sentido global del sí mismo que se acaba de despertar ante el conjunto de sensaciones que le ofrece el mundo parece, ahora, más centrado en el ámbito de las personas, especialmente en aquellas que satisfacen sus necesidades. Su sentido del sí mismo refleja la misma diferenciación que surge a medida que él y mamá sonríen, cuchichean y se hacen mimos mutuamente.

 

Todavía no es capaz de diferenciar entre lo que es él y lo que no es él. Mientras alcanza un sentido de unión con su madre o con otros adultos cercanos está comenzando, sin embargo, a distinguir el mundo inanimado de las vibraciones vitales que emanan de las relaciones humanas. Sus afectos también muestran una mayor diferenciación.

 

Este primer indicio de una mayor selectividad emocional asoma en la segunda etapa del desarrollo del sí mismo.

 

Etapa o nivel 5

Del diálogo a la intencionalidad. 

 

En el primer año, la capacidad de mostrar determinación conduce a intercambios no verbales entre los niños y sus padres diálogos en los que predominan las expresiones y los gestos por encima de las palabras.

 

Antes de que un niño aprenda a decir yo, su sentido de intencionalidad comienza a distinguir entre el emisor y el receptor de determinadas acciones, tal como reflejan estas interacciones

 

Cuando el bebé es capaz de alzar los brazos para que lo alcen, apartar de un manotazo la comida que no le gusta de la mesa y realizar expresiones faciales ante las más diversas emociones, esta conducta intencionada delimita, poco a poco, los límites entre quien soy yo y ese otro en el que quiero influir. Para que este propósito logre convertirse en una acción intencional, una o varias de las personas más próximas al niño deben leer sus intenciones y responder ante las mismas.

 

Se comienza a formar un sentido organizado de sí mismo, antes de que el niño sea capaz de usar símbolos.

 

A partir de interacciones elementales los niños comienzan a comprender que sus propias acciones pueden desencadenar respuestas de personas distintas a ellos, que existe una realidad exterior, ajena a su mundo y no siempre sujeta a su voluntad, más allá des sus propios sentimientos y deseos.

 

Los gestos aparentemente poco importantes que comenzamos a entender hacia el final del primer año de vida sirven para sentar nuestras relaciones humanas y nuestros procesos de pensamiento para el resto de nuestras vidas.

 

Las actividades del bebé y de sus padres pasan de ser exclusivamente sincrónicas, como lo eran en la anterior etapa evolutiva a ser realmente interactivas.

 

En esta etapa estas interacciones implican un aprendizaje físico somático, las emociones y la conducta están muy ligadas a las consecuencias físicas como es recibir un abrazo u obtener un comentario cariñoso.

 

Así los niños comienzan a comprender que sus propias acciones pueden desencadenar respuestas de personas distintas a ellos, que existe una realidad exterior ajena a su mundo y no siempre sujeta a su voluntad, que está más allá de sus propios sentimientos y deseos.

 

Los bebés, privados de las respuestas adecuadas, sin excepción, se vuelven persona desorganizados.Este tipo de deprivación precoz arroja repercusiones reconocibles en la edad adulta.

 

El sí mismo intencional

 

El tercer nivel cognitivo del sí mismo se anuncia cuando las emociones se pueden expresar mediante acciones con finalidad propia.

 

Ahora interactúa de forma recíproca y contingente, es decir, quiere que le devuelvan algo por lo que da, y sus acciones responden a las de otras personas. Esta reciprocidad intencional está anunciando la puesta en marcha de un nivel superior del sistema nervioso central, a medida que se trazan nuevas vías cerebrales para las claves sociales y sus respuestas.

 

Las emociones y las sensaciones llevan a unos diálogos que son cada vez m´s diferenciados y ricos, esto ocurre a medida que el bebé aprende formas cada vez más expresivas y originales para comunicarse con su entorno.

 

Es en este momento cuando el bebé comienza a esbozar un sentido de si mismo como ser diferencial.

 

Al combinar el pensamiento intencional y la acción, el bebé comienza a experimentar estas partes rudimentarias de sí mismo. El niño comienza a experimental su yo interactivo.

D.W. Winnicott lo describió enfáticamente un bebé solo no existe.

 

El primer esbozo de un sí mismo complejo surge a partir de las acciones impulsivas de un niño en confrontación con las reacciones de un adulto. La respuesta a estas interacciones precoces y deliberadas da comienzo al límite entre lo subjetivo y lo objetivo. Nace así el sentido de la realidad fuera de nosotros mismo.

 

Nuestro sentido de la realidad es por lo tanto un producto de ambos procesos, los subjetivos y los objetivos.

 

El niño aún no posee la capacidad para crear símbolos o ideas con el fin de representar deseos o anhelos. Su principal vía para comunicarse y adquirir conocimientos es a través del sistema motor.

 

Es por ello que estimulamos a niños con graves afecciones motrices o retrasos en su desarrollo a que utilicen cualquier parte de su sistema motor hábil, como pueden ser sus lenguas o la musculatura del cuello, para transmitir el sentido de la intencionalidad.

Mientras que el sistema motor constituye un medio para definir y expresar deseos y anhelos, la combinación de afecto y conducta motriz intencional define su carácter proposicional

 

El sí mismo, que al comienzo era sólo un estado general de alerta evoluciona a un sí mismo relacionado y comprometido con el mundo. En esta fase evolutiva, la conciencia consiste en un creciente sentido de la intencionalidad, en ser agente de una conducta premeditada. (Greenspan, Stanley.)

 

Etapa o nivel 6

Intención e interacción

 

En este nivel la comunicación crecientemente compleja, pre-simbólica, lo dota de recursos para encontrar su camino en el mundo de la interacción social.

 

Al comienzo el sentido de identidad del niño es muy precario. Cuando la gesticulación recíproca se vuelve más compleja, el cuadro se define con mucha mayor claridad.

Cuando el repertorio gestual del niño se va enriqueciendo comienza a discernir diferentes patrones en su conducta y en de los demás.

 

De a poco va anotando estos datos en su mapa interior, perfilándose a sí mismo como persona y toma noción cada vez más amplia, de cómo sus conductas, intenciones y expectativas encajan con aquellas de las personas que le rodean. De forma similar está descubriendo el funcionamiento del mundo físico. El inspeccionar el terreno desconocido y situarse a sí mismo en relación con aquél, es la tarea más importante en esta primera etapa del niño pequeño. Es esta una fase crucial del individuo en la que puede alcanzar el más importante reto emocional de su vida y así configurar los elementos básicos de su carácter o bien puede fracasar en ello. Podemos decir, que mucho antes de que un niño pueda hablar, la personalidad ya se ha ido moldeando mediante las incontables interacciones que se suceden entre sus padres y él.

 

En el transcurso de etapa evolutiva el niño va distinguiendo las diferentes expresiones faciales y posturas corporales, puede ya discriminar las diversas emociones básicas, distinguir aquellas que representan seguridad y bienestar de aquellas que significan peligro. Es capaz de distinguir la aprobación de la desaprobación, la aceptación del rechazo. Se identifican los aspectos emocionales más importantes de la vida y se elaboran los patrones para hacerles frente.

 

El niño emplea sus conocimientos para responder de forma diferente a las personas en función de su conducta.

Esta capacidad le será útil, para el resto de su vida, actuará como un radar que puede poner en marcha para poder moverse en el universo social.

 

Esta habilidad se constituye en una especie de supersentido que abarca elementos de todos los demás subsentidos, permitiéndonos realizar, al momento, evaluaciones y ajustes de nuestras propias reacciones. Esto es, lo que permite la vida social.

 

La maduración que ocurre durante el segundo año de vida permite planificar las conductas y, con el tiempo, hacer un uso inteligente de las palabras, requiriendo así, la coordinación de diferentes áreas cerebrales, incluyendo funciones asociadas a los hemisferios derecho e izquierdo. La acción compleja, catalizada por el afecto, parece necesitar que ambos hemisferios trabajen en tándem.(Greenspan, Stanley.)

 

Etapa o nivel 7

El sentido del sí mismo pre-verbal

 

Al tiempo que el mundo interaccional del niño se va complejizando y abarcando los intercambios presimbólicos, su sentido del sí mismo permite una mayor organización y el niño puede desempeñar, así un papel activo en su mundo ingeniando planes y objetivos concretos.

 

En el niño de doce a catorce meses el sentido del sí mismo consiste, ahora, en fracciones cada vez más largas y unificadas,

 

Hacia los dieciocho veinte meses su enfado tiene ahora un significado diferente. Cuando el niño unifica en su sentido del sí mismo afectos diferentes e, incluso, contradictorios, también crea unos vínculos emocionales a través del espacio y luego del tiempo.

 

Antes sólo era capaz de sentir el afecto de su madre cuando estaba en sus brazos, o las ganas de jugar de su padre, cuando éste lo tenía alzado, ahora mientras juega, puede mirar a su alrededor, ver a su madre en la habitación comprobar como ésta le sonríe y sentir la seguridad de su cercanía, o puede escuchar un sonido como respuesta de su padre desde la habitación contigua y sentirse tranquilo gracias a esa comunicación.

 

Al promediar el segundo año, el niño es capaz de comunicarse a través del espacio, lo que le hace posible realizar sus conductas exploratorias en un radio más alejado de sus padres, sin renunciar al placer que implica su proximidad.

 

Esta etapa se ve consolidada cuando se produce la unión de fracciones cada vez más extensas del sí mismo al ir juntando diferentes propósitos y afectos. Esta organización es la que conduce a la acción. El niño puede relacionar su rabia con su alegría si experimenta ambas en un mismo contexto relacional. Por ej. Mientras juega con su mamá, se siente molesto si ésta no le permite darle un tirón del cabello. Ella le dice no, y cuando lo intenta nuevamente le dice no. Cuando el niño frunce el ceño, la madre lo imita, luego de alguna que otra muestra de mal humor sigue jugando. Siente que tanto la rabia como la alegría le pertenecen y este sentido del sí mismo comienza a integrar un yo que puede estar enojado y alegre de forma simultánea. Esta integración es posible porque experimenta una amplia gama de sentimientos que sus padres toleran.

 

Esta integración no hubiera sido posible, si cada vez que el niño mostraba frustración, uno de sus podares lo hubiera sometido a un período e aislamiento mientras él desaparecía, no hubiera tenido así la posibilidad de experimentar la secuencia de emociones que van desde el fastidio y la rabia hasta el bienestar. No es extraño, por lo tanto, que los hijos de padres, severamente deprimidos, que no son capaces de tolerar las más mínimas tensiones, a menudo aprendan a asociar su enojo con sentimientos de abandono, vacío interior e incluso desesperación.

 

El sentido del sí mismo de un niño también se desarrolla a partir de la imitación de movimientos, gestos, expresiones y tonos de voz de las personas a las que quiere.. Experimentarse uno mismo como si fuera otro le sirve al niño de pequeña preparación para desarrollar su empatía en cuanto  alcance un nivel de conocimiento más avanzado. (Greenspan, Stanley)

Los valores y las actitudes tienen su origen aquí, mucho antes de que sean representados en forma de símbolos.

 

Etapa o nivel 8

Imágenes, ideas y símbolos.

 

En el segundo o tercer año de vida, el niño comienza a manejar no sólo conductas sino, también, ideas, comienza a comprender que una cosa puede representar a otras, que la imagen de algo puede ser la representación de la cosa mismo. Esto le permite crear una imagen interna de su modo. Estos símbolos pueden representar, no sólo sus propias intenciones, sus deseos y sus sentimientos, sino también los de las demás personas. La capacidad de abstraer un sentimiento y atribuirle un nombre, le permite llevar las emociones en un nivel de conciencia desconocido hasta ese momento y expresarlas simbólicamente, más que actuar, físicamente, de acuerdo a ellas.

 

El niño que no logra este nivel evolutivo solamente puede expresar sus sentimientos por medio de las conductas o de reacciones impulsivas, no puede identificar su estado de ánimo

 

La forma en que se da este cambio es todavía un problema psicológico no resuelto. Piaget y otros autores han descrito diferentes aspectos de ese proceso, pero no explicaron la motivación del niño para realizar esta transición clave para su desarrollo.

 

La clave radica, una vez más en una relación afectuosa, íntima, con un adulto para quien la comunicación sea lo suficientemente importante como para ser, por sí misma, fuente de placer. Este cambio, por lo tanto requiere, la participación prolongada de alguna persona que estimule la interacción, que fomente el uso de los signos, que participe con el niño en su juego imitativo, que le ayude a asociar el placer de relacionarse con la habilidad de comunicarse forma simbólica.

 

 

Al final del segundo año, la comunicación por sí misma comienza a constituirse en un placer mayor que la comunicación destinada.  El amor que sus padres le dan y el que él siente por ellos, le lleva a gozar de la comunicación por derecho propio. Las gratificaciones provenientes de la comunicación simbólica se van arraigando progresivamente con los años, la conversación, lectura, escritura, poesía, matemáticas, música, teatro, pintura, escultura y todas las demás artes y ciencias pueden ser fuente de placer profundo. Incluso antes de que el niño pueda hablar, su gusto por las relaciones se transforma en placer por comunicarse en el marco de sus relaciones. El adulto responsable del niño lo estimula a traducir sus aspiraciones concretas, inmediatas, en palabras e imágenes. El juego imitativo, la conducta (en contraposición a la simple imitación) y la adquisición de nuevas palabras, todo ello resulta del entusiasmo que el niño siente por su nuevo potencial. (Greenspan, Stanley)

 

Etapa o nivel 9

El sí mismo simbólico

 

Cuando el niño aprende a usar símbolos para crear un estado interno de seguridad y par poder pensar en su mundo interior y en su entorno, comienza a experimentarse, en un principio, tal como observó Freud, a través de la representación consciente o inconsciente de deseos y emociones. Comienza experimentarse a sí mismo, en parte, como lo hacen los adultos, a través de representaciones internas de sí mismo.

 

Par algunos la organización del sí mismo aporta un panorama detallado y, equilibrado y flexible de los sentimientos y de los propósitos, mientras que, para otros, el sentido del sí mismo está polarizado o es más rígido. (Greenspan, Stanley)

 

Cuando el individuo va constituyendo una vida interna el sentido del sí mismo alcanza diferentes niveles organizativos, si bien el nivel va a pender en gran medida del tipo de experiencias que hemos tenido oportunidad de disfrutar a lo largo de nuestra primera infancia, como adultos no estamos del todo limitados por los logros alcanzados en estos años de formación. Ciertos patrones de sentimientos, percepciones y expectativas pueden perpetuar cierto tipo de interacciones y relaciones, como por Ej. Cuando alguien se implica reiteradamente con personas que le rechazan o abusa de su confianza. Una experiencia terapéutica o una amistad especial puede ser el camino para experimentar relaciones no determinadas por los esquemas anteriores. Estas relaciones pueden contribuir a ampliar y perfeccionar el sentido del sí mismo. Aunque a veces resulte difícil e incluso doloroso, es posible lograr un crecimiento emocional significativo en la edad adulta.

 

Etapa o nivel 10

Pensamiento emocional

 

A medida que los padres y educadores responden a las expresiones simbólicas a través del juego imitativo y los intercambios relacionales de la vida cotidiana, al tercer o cuarto año el niño comienza a establecer puentes entre sus ideas y entre sus propios pensamientos y los pensamientos de los demás. Aparecen las preguntas del qué o del porqué y las mismas obtienen reexpuesta e lugar de ser ignoradas. Así como se amplifican las ideas lo mismo ocurre con las emociones que se enlazan con las ideas. Cuando el niño ha aprendido a enlazar los diferentes símbolos pueden empezar ha construir por sí solo, un mundo interno cohesionado. Antes de poder pronunciar frases enteras, el niño es capaz de asociar diferentes partes de su mundo experiencial. El poder comprender cómo los acontecimientos del presente se relacionan con el futuro constituye la base del control de los impulsos, contribuye igualmente al desarrollo de habilidades tales como concentrarse, planificar y perseguir objetivos importantes para el éxito escolar.

La verdadera representación simbólica requiere la capacidad de detectar vínculos entre muchas emociones e ideas diferentes.

 

Tanto en el juego simbólico como en la vida real, van surgiendo áreas de intereses y motivaciones más complejas.

Su capacidad de relacionar afectos e ideas va en aumento a medida que el niño madura, para finalmente ser capaz de retroceder y reflexionar sobre sus propias emociones y manejarlas en función de su significados , más que por la conducta que las caracteriza.

El fracaso a la hora de desarrollar la capacidad de representación puede atrapar a las personas en esquemas rígidos y poco productivos. En lugar de poder hacer uso de su capacidad ideativa para llegar a las raíces emocionales de un problema intentan reiterada e inútilmente, obligar a los demás a comportarse como ellos quieren(.Greenspan L..)

 

En los niños que no tienen dificultades de procesamiento, el progreso hacia la integración del sí mismo ocurre de forma más fácil y rápida.

Así como las dificultades en el procesamiento mental dificultan que el niño establezca conexiones entre las diferentes ideas, las relaciones familiares que confunden los significados también pueden constituir un obstáculo. Si ambas circunstancias se presentan conjuntamente, es probable que surjan problemas graves de pensamiento.

 

Muchas veces, una única relación emocional fiable y estable, en la que persona puede reconocer significados diferentes, puede posibilitar este paso evolutivo.

 

Si todo se desarrolla satisfactoriamente en esta etapa los niños serán capaces de crear durante su infancia una autoimagen sólida. Esta imagen no es inamovible, sigue evolucionando a través de las posteriores experiencias vitales.

 

Prof. María Marta Castro Martín

 

Bibliografía:

“El Crecimiento de la mente”

Greenspan, Stanley y otro.

Edit. Paidos.1997

 

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